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Archive for the ‘Narcotrafico’ Category

Joaquín Guzmán Loera alias el chapo Guzmán.

Desde enero del 2001, es uno de los hombres mas buscados por las policias de México y Estados Unidos.

En los dos países tiene procesos penales pendientes.

Se le acusa de delincuencia organizada homicidio y narcotráfico, entre otros ilícitos.

Según la DEA y la PGR Joaquín Guzmán Loera es líder del cartel de Sinaloa, una de las mas peligrosas de las que operan en México y la cual esta dedicada al trafico de drogas hacia Estados Unidos.

En esa organización criminal se desempeñan como lugartenientes, además de el chapo Guzmán, Héctor Luis “el güero” Palma y los hermanos Arellano Félix Quienes son sobrinos de Miguel Ángel Félix Gallardo.

En 1989 fue detenido y procesado Miguel Ángel Félix Gallardo.

Tras su captura el cartel de Guadalajara se dividió.

“El chapo Guzmán” y “el güero Palma” se fueron a Culiacán y fundaron el cartel de Sinaloa.

Los hermanos Arellano Félix se fueron a Baja California y crearon el cartel de Tijuana.

Con los años ambos carteles desarrollaron una profunda rivalidad, la cual alcanzo uno de sus puntos mas violentos el 24 de mayo de 1993.

Ese día organizaciones criminales protagonizaron una mortal balacera en el aeropuerto internacional de Guadalajara.

Una de las victimas fue el cardenal Posadas Ocampo.

Según las investigaciones, los Arellano Félix le tendieron una trampa al “chapo” Guzmán; del cual logro escapar ileso.

El 9 de junio de 1993 Joaquín Guzmán Loera y cinco de sus cómplices fueron detenidos en Guatemala.

< Un día después el líder del cartel de Sinaloa ingreso al penal de Máxima seguridad de Almoloya de Juárez pero no estuvo ahí mucho tiempo.

En 1995 fue trasladado al penal de puente grande en Jalisco, donde cumplía una condena por delitos contra la salud.

Su carrera criminal perecía haber terminado.

No fue así.

El 19 de enero del 2001 Joaquín Guzmán Loera soborno a autoridades y custodios del penal de puente grande para fugarse.

Se dedico entonces a recomponer sus alianzas y a recuperar lo que considera sus territorios.

Inicio así una nueva y mas violenta etapa de ejecuciones entre los carteles de la drogas en México.

Las emboscadas, secuestros, y asesinatos se cuentan por cientos, no solo en Sinaloa y Baja California, también en Chihuahua y Tamaulipas.

Entre las Victimas de esta disputa por mantener o apoderarse de los puertos de entrada y salida de drogas a México y Estados Unidos se cuentan también.

Familiares de los lideres de los carteles Mexicanos.

Entre otros: Ramón Arellano Félix y Arturo Guzmán Loera, Hermano de Joaquín Guzmán Loera, asesinado el 31 de diciembre del 2004 en el interior del Penal Federal la Palma.

Actualmente otro de sus hermanos esta preso, se llama Miguel Ángel Guzmán Loera le dicen el mudo.

También el hijo del líder del cartel de Sinaloa esta encarcelado en la Palma, se llama Archivaldo Iván Guzmán Salazar y le apodan “el chapito”.

Esta es la historia delictiva del hombre que hasta hoy sigue siendo considerado como el narcotraficante mas violento y peligroso de México: Joaquin Guzmán Loera alias “el chapo Guzmán”.

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Joaquín Archivaldo Guzmán Loera, también conocido como “El Chapo” Guzmán (4 de abril de 1954), es el líder de una organización internacional de droga llamada la ‘Alianza de Sangre’, también conocido como el Cártel de Sinaloa. Después del arresto de Osiel Cárdenas del Cártel del Golfo, Joaquín Guzmán se convirtió en el principal traficante de drogas de México, y probablemente del mundo.

Desde su fuga en enero del 2001, es el segundo más buscado por el FBI e Interpol.[2] La revista financiera Forbes calcula su fortuna en mil millones de dólares,[3] y en el año 2009 lo colocó en el lugar 41 entre las personas más poderosas del mundo.

Durante 1980 Guzmán se asoció con Miguel Ángel Félix Gallardo (también conocido como El Padrino), el principal narcotraficante en México durante esa década. En 1989, fue detenido y procesado Miguel Ángel Félix Gallardo, líder del entonces Cártel de Guadalajara, junto con los hermanos Arellano Félix, lo que causó que el Cártel de Guadalajara se dividiera y Joaquín Guzmán se trasladó hacia Culiacán y fundó el Cártel de Sinaloa, consolidándose como el líder del narcotráfico en México. Los hermanos Arellano Félix se infiltraron en Baja California y crearon el Cártel de Tijuana.

Con los años, ambos cárteles desarrollaron una profunda rivalidad, la cual alcanzó uno de sus puntos más violentos el 24 de mayo de 1993, cuando ambos cárteles protagonizaron una mortal balacera en el Aeropuerto Internacional de Guadalajara donde una de las siete víctimas fue el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo. El 11 de agosto de 2009 la Policía Federal Preventiva encontró en Durango un escondite del Chapo Guzmán en donde escondía cartuchos, arsenales, marihuana, dinero, granadas entre otras cosas.

La familia de Joaquín Guzmán ha sufrido ocho bajas, cuatro han sido ejecutados y otros cuatro detenidos. Uno de sus hijos, Edgar Guzmán Beltrán, de 22 años, fue ejecutado el 8 de mayo del 2008 en un centro comercial de Culiacán. Ahí murieron dos familiares más: Ernesto Abrego Cardenas del Cartel de los Abrego de la Muerte nacidos en Morelia Michoacan, debido a dicho suceso los descendientes de los Abrego se dispersaron por Baja California, dejando a la DEA en busca de Edgar Abrego Villalobos, nacido el 1 de junio de 1990 heredando grandes plazas y cantidades de droga un tío y un primo de Edgar. El 5 de febrero de 2008, jueces federales sentenciaron a 13 años de prisión a Miguel Ángel Guzmán Loera, hermano de Joaquín, por lavado de dinero y portación de armas de fuego de uso exclusivo del Ejército, Armada y Fuerza Aérea.[8] [9] En junio de 2005, en Zapopan, Jalisco, fue detenido otro de sus hijos: Iván Archivaldo Guzmán Salazar, tras un accidente de tránsito. Se le sentenció a cinco años de prisión por lavado de dinero, aunque en abril del 2008 fue absuelto por un juez federal por falta de pruebas.[10] El 31 de diciembre de 2004 asesinaron en el Penal La Palma (hoy Altiplano), a su hermano Arturo Guzmán Loera, quien estaba recluido desde septiembre de 2001 por ser uno de los principales operadores del cártel de Sinaloa.
Su primo, Alfonso Gutiérrez Loera, fue arrestado en mayo del 2008 en una casa de seguridad de Culiacán, donde resguardaba armas largas y granadas; y en la misma ciudad, el 20 de junio, militares y agentes policíacos detuvieron a otro de sus primos: Isaí Martínez Zepeda, Jose Luis Farias Zanca quien transportaba armas en una camioneta..

El Chapo, el protegido

el chapo en la carceljoaquin el chapo guzman loera

El protegido

¿Alguien ha visto a El Chapo?

Estados Unidos ofrece 5 millones de dólares de recompensa a cualquiera que de información sobre su paradero, mientras México ofrece otros dos millones más. El Chapo es el hombre más buscado del mundo mundial.

Y paradójicamente El Chapo se pasea por el Triangulo Dorado con total tranquilidad. Esa zona está compuesta por los estados de Sinaloa, Chihuahua y Durango, en plena sierra, lugar donde se produce una de las mejores marihuanas del mundo y donde se instalan los más grandes laboratorios de drogas sintéticas.

Este es el feudo de Joaquín Guzmán Loera, el Chapo Guzmán, líder del Cártel de Sinaloa, cuya fortuna supera los 1.000 millones de pesos. Desde que se fugó en 2001 del penal de máxima seguridad de Puente Grande durante el gobierno de Vicente Fox, ha aumentado el misticismo del capo del sexenio, como se le conoce ya por la presunta protección del gobierno de Felipe Calderón.

El Chapo es toda una leyenda, capaz de sobrevivir a innumerables ataques y emboscadas de sus enemigos. Dicen que tiene varias vidas, que lo cuidan los Dioses, y recibe amparo de poderosos aliados bien colocados en las instituciones.

Estos son sus fueros, la sierra de Sinaloa, el gran territorio donde se produce la mejor marihuana del mundo y la amapola de la que se extrae el opio para elaborar la heroína. Entre los árboles existen cientos de sembradíos tratados con sofisticados sistemas de riego. Cada año el ejército destruye decenas de plantaciones que se reproducen rápidamente y otorgan beneficios de hasta 40 mil millones de dólares a los grandes capos.

Visitar la sierra de Sinaloa no es fácil. Actualmente es tierra de nadie a pesar de la presencia militar, no hay que olvidar que existen 15 millones de armas en manos del barco y a pesar de eso en el llamado Triángulo Dorado, lugar donde supuestamente se esconde el Chapo Guzmán, la vida transcurre con aparente placidez.

Estamos en Badiraguato, cuna de narcotraficantes: además del Chapo Guzmán, aquí nacieron los hermanos Beltrán Leyva, Rafael Caro Quintero, Ernesto Fonseca, Don Neto y Juan José Esparragoza Moreno, “El Azul”, entre otros ilustres traficantes de droga.  Aquí los narcos son considerados también filántropos, gente sensible a las necesidades de los habitantes del pueblo.

Badiraguato cuenta con 36.000 habitantes y esta compuesto por once sindicaturas y casi 500 pueblos. Solo el 10 por ciento de los caminos de la sierra está asfaltado. El pavimento termina en Tamiapa, el resto hay que hacerlo en avioneta, helicóptero, camionetas 4×4 o sencillamente subir en burro. Aquí los campesinos son secuestrados por los capos para obligarlos a trabajar. Es la ley de la selva y los fueros del Chapo Guzmán.

La historia del Chapo inicia en La Tuna, para llegar hasta allí hacen falta ocho horas de camino de terracería. El Chapo nació pobre, aunque ahora su nombre este incluido en la lista de multimillonarios de la revista Forbes y sea considerado una de las cien personas más influyentes del mundo, según el semanario Time, compartiendo créditos con Barack Obama o George Clooney.

La Tuna, es una pequeña comunidad, donde la casa del Chapo destaca no por ostentación de riqueza, sino por la fama adquirida por el fugitivo número uno de México. En esta zona viven algunos de sus familiares, incluida la madre, una mujer muy católica que pasa temporadas en el lugar, según Valerio García Rocha, asesor de políticas públicas del ayuntamiento de Badiraguato, quien dice que es fácil identificarla vía satélite a través del sistema de Google Herat. Y efectivamente localiza inmediatamente la vivienda.

Convertido en mito, el Chapo Guzmán, no solo es el narcotraficante más buscado del mundo, es también el hombre invisible que todo mundo sabe donde vive, menos la autoridad según el obispo Héctor González, quién declaró públicamente que el narcotraficante radica en Guanaceví, Durango.  Las distintas facetas del Chapo también están mitificadas: el Chapo filántropo capaz de atender a los lugareños de la sierra para que le expliquen sus problemas y ayudarles económicamente; el Chapo empresario capaz de construir el más grande laboratorio de producción de drogas sintéticas para producir cristal, ice, éxtasis y otras más, dirigidas al mercado internacional; el Chapo hijo y padre, preocupado por los suyos, el Chapo esposo recién casado con la joven de 19 años de Edad Emma Coronel, una reina del concurso de belleza local; el Chapo enemigo, cruel y despiadado con los que le han traicionado…. El Chapo en sus muy distintas facetas de hombre omnipresente durante el sexenio de Felipe Calderón:

La cultura del narco en Sinaloa y el tejido social van unidos. Ya no hay nadie que no tenga un conocido, un amigo o un familiar metido en el negocio de una u otra manera. Ya no hay nadie que no tenga una anécdota de ejecución o secuestro; ya no hay nadie que no cuente una historia del Chapo y de los narcos de Sinaloa.

La presencia de los grandes capos se siente, se vive y se padece. Solo haciéndose guey se sobrevive en el epicentro del narco en México.

Videos de Joaquin El Chapo Guzman Loera

Proceso en la guarida de “El Mayo” Zambada
Julio Scherer García (versión íntegra)

ismael el mayo zambada garcia

MÉXICO, D.F., 3 de abril (Proceso).- Una expresión de Julio Scherer García ha quedado grabada con hierro candente, entre muchas otras, en quienes colaboramos con él. “Si el Diablo me ofrece una entrevista, voy a los infiernos…”. En el mayor de los sigilos, bajo la exigencia de reserva absoluta que él respetó y respeta, el fundador de Proceso fue convocado a encontrarse con Ismael El Mayo Zambada. “Tenía interés en conocerlo”, le dijo el capo del cártel de Sinaloa, colega y compadre de El Chapo Guzmán. En el encuentro, que terminó en puntos suspensivos, El Mayo Zambada dejó un reto: “Me pueden agarrar en cualquier momento… o nunca”.

Un día de febrero recibí en Proceso un mensaje que ofrecía datos claros acerca de su veracidad. Anunciaba que Ismael Zambada deseaba conversar conmigo.

La nota daba cuenta del sitio, la hora y el día en que una persona me conduciría al refugio del capo. No agregaba una palabra.

A partir de ese día ya no me soltó el desasosiego. Sin embargo, en momento alguno pensé en un atentado contra mi persona. Me sé vulnerable y así he vivido. No tengo chofer, rechazo la protección y generalmente viajo solo, la suerte siempre de mi lado.

La persistente inquietud tenía que ver con el trabajo periodístico. Inevitablemente debería contar las circunstancias y pormenores del viaje, pero no podría dejar indicios que llevaran a los persecutores del capo hasta su guarida. Recrearía tanto como me fuera posible la atmósfera del suceso y su verdad esencial, pero evitaría los datos que pudieran convertirme en un delator.

Me hizo bien recordar a Octavio Paz, a quien alguna vez le oí decir, enfático como era:

“Hasta el último latido del corazón, una vida puede rodar para siempre.”

Una mañana de sol absoluto, mi acompañante y yo abordamos un taxi del que no tuve ni la menor idea del sitio al que nos conduciría. Tras un recorrido breve, subimos a un segundo automóvil, luego a un tercero y finalmente a un cuarto. Caminamos en seguida un rato largo hasta detenernos ante una fachada color claro. Una señora nos abrió la puerta y no tuve manera de mirarla. Tan pronto corrió el cerrojo, desapareció.

La casa era de dos pisos, sólida. Por ahí había cinco cuadros, pájaros deformes en un cielo azuloso. En contraste, las paredes de las tres recámaras mostraban un frío abandono. En la sala habían sido acomodados sillones y sofás para unas diez personas y la mesa del comedor preveía seis comensales.

Me asomé a la cocina y abrí el refrigerador, refulgente y vacío. La curiosidad me llevó a buscar algún teléfono y sólo advertí aparatos fijos para la comunicación interna. La recámara que me fue asignada tenía al centro una cama estrecha y un buró de tres cajones polvosos. El colchón, sin sábana que lo cubriera, exhibía la pobreza de un cobertor viejo. Probé el agua de la regadera, fría, y en el lavamanos vi cuatro botellas de Bonafont y un jabón usado.

Hambrientos, el mensajero y yo salimos a la calle para comer, beber lo que fuera y estirar las piernas. Caminamos sin rumbo hasta una fonda grata, la música a un razonable volumen. Hablamos sin conversar, las frases cortadas sin alusión alguna a Zambada, al narco, la inseguridad, el ejército que patrullaba las zonas periféricas de la ciudad.

Volvimos a la casa desolada ya noche. Nos levantaríamos a las siete de la mañana. A las ocho del día siguiente desayunamos en un restaurante como hay muchos. Yo evitaba cualquier expresión que pudiera interpretarse como un signo de impaciencia o inquietud, incluso la mirada insistente a los ojos, una forma de la interrogación profunda. El tiempo se estiraba, indolente, y comíamos con lentitud.

Las horas siguientes transcurrieron entre las cuatro paredes ya conocidas. Yo llevaba conmigo un libro y me sumergí en la lectura, a medias. Mi acompañante parecía haber nacido para el aislamiento. Como si nada existiera a su alrededor, llegué a pensar que él mismo pudiera haber desaparecido sin darse cuenta, sin advertirlo. Me duele escribir que no tenía más vida que la servidumbre, la existencia sin otro horizonte que el minuto que viene.

“Ya nos avisarán –me dijo sorpresivamente–. La llamada vendrá por el celular.”

Pasó un tiempo informe, sin manecillas. ‘Paciencia’, me decía.

Salimos al fin a la oscuridad de la noche. En unas horas se cruzarían el ocaso y el amanecer sin luz ni sombra, quieto el mundo.

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Viajamos en una camioneta, seguidos de otra. La segunda desapareció de pronto y ocupó su lugar una tercera. Nos seguía, constante, a cien metros de distancia. Yo sentía la soledad y el silencio en un paisaje de planicies y montañas.

Por veredas y caminos sinuosos ascendimos una cuesta y de un instante a otro el universo entero dio un vuelco. Sobre una superficie de tierra apisonada y bajo un techo de troncos y bejucos, habíamos llegado al refugio del capo, cotizada su cabeza en millones de dólares, famoso como el Chapo y poderoso como el colombiano Escobar, en sus días de auge, zar de la droga.

Ismael Zambada me recibió con la mano dispuesta al saludo y unas palabras de bienvenida:

–Tenía mucho interés en conocerlo.

–Muchas gracias –respondí con naturalidad.

Me encontraba en una construcción rústica de dos recámaras y dos baños, según pude comprobar en los minutos que me pude apartar del capo para lavarme. Al exterior había una mesa de madera tosca para seis comensales, y bajo un árbol que parecía un bosque, tres sillas mecedoras con una pequeña mesa al centro. Me quedó claro que el cobertizo había sido levantado con el propósito de que el capo y su gente pudieran abandonarlo al primer signo de alarma. Percibí un pequeño grupo de hombres juramentados.

A corta distancia del narco, los guardaespaldas iban y venían, a veces los ojos en el jefe y a ratos en el panorama inmenso que se extendía a su alrededor. Todos cargaban su pistola y algunos, además, armas largas. Dueño de mí mismo, pero nervioso, vi en el suelo un arma negra que brillaba intensamente bajo un sol vertical. Me dije, deliberadamente forzada la imagen: podría tratarse de un animal sanguinario que dormita.

–Lo esperaba para que almorzáramos juntos–, me dijo Zambada y señaló la silla que ocuparía, ambos de frente.

Observé de reojo a su emisario, las mandíbulas apretadas. Me pedía que no fuera a decir que ya habíamos desayunado.

Al instante fuimos servidos con vasos de jugo de naranja y vasos de leche, carne, frijoles, tostadas, quesos que se desmoronaban entre los dedos o derretían en el paladar, café azucarado.

–Traigo conmigo una grabadora electrónica con juego para muchas horas–, aventuré con el propósito de ir creando un ambiente para la entrevista.

–Platiquemos primero.

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Le pregunté al capo por Vicente, Vicentillo.

–Es mi primogénito, el primero de cinco. Le digo “Mijo”. También es mi compadre.

Zambada siguió en la reseña personal:

–Tengo a mi esposa, cinco mujeres, quince nietos y un bisnieto. Ellas, las seis, están aquí, en los ranchos, hijas del monte, como yo. El monte es mi casa, mi familia, mi protección, mi tierra, el agua que bebo. La tierra siempre es buena, el cielo no.

–No le entiendo.

–A veces el cielo niega la lluvia.

Hubo un silencio que aproveché de la única manera que me fue posible:

–¿Y Vicente?

–Por ahora no quiero hablar de él. No sé si está en Chicago o Nueva York. Sé que estuvo en Matamoros.

–He de preguntarle, soy lo que soy. A propósito de su hijo, ¿vive usted su extradición con remordimientos que lo destrocen en su amor de padre?

–Hoy no voy a hablar de “Mijo”. Lo lloro.

–¿Grabamos?

Silencio.

–Tengo muchas preguntas–, insistí ya debilitado.

–Otro día. Tiene mi palabra.

Lo observaba. Sobrepasa el 1.80 de estatura y posee un cuerpo como una fortaleza, más allá de una barriga apenas pronunciada. Viste una playera y sus pantalones de mezclilla azul mantienen la línea recta de la ropa bien planchada. Se cubre con una gorra y el bigote recortado es de los que sugieren una sutil y permanente ironía.

–He leído sus libros y usted no miente–, me dice.

Detengo la mirada en el capo, los labios cerrados.

–Todos mienten, hasta Proceso. Su revista es la primera, informa más que todos, pero también miente.

–Señáleme un caso.

–Reseñó un matrimonio que no existió.

–¿El del Chapo Guzmán?

–Dio hasta pormenores de la boda.

–Sandra Ávila cuenta de una fiesta a la que ella concurrió y en la que estuvo presente el Chapo.

–Supe de la fiesta, pero fue una excepción en la vida del Chapo. Si él se exhibiera o yo lo hiciera, ya nos habrían agarrado.

–¿Algunas veces ha sentido cerca al ejército?

–Cuatro veces. El Chapo más.

–¿Qué tan cerca?

–Arriba, sobre mi cabeza. Huí por el monte, del que conozco los ramajes, los arroyos, las piedras, todo. A mí me agarran si me estoy quieto o me descuido, como al Chapo. Para que hoy pudiéramos reunirnos, vine de lejos. Y en cuanto terminemos, me voy.

–¿Teme que lo agarren?

–Tengo pánico de que me encierren.

–Si lo agarraran, ¿terminaría con su vida?

–No sé si tuviera los arrestos para matarme. Quiero pensar que sí, que me mataría.

Advierto que el capo cuida las palabras. Empleó el término arrestos, no el vocablo clásico que naturalmente habría esperado.

Zambada lleva el monte en el cuerpo, pero posee su propio encierro. Sus hijos, sus familias, sus nietos, los amigos de los hijos y los nietos, a todos les gustan las fiestas. Se reúnen con frecuencia en discos, en lugares públicos y el capo no puede acompañarlos. Me dice que para él no son los cumpleaños, las celebraciones en los santos, pasteles para los niños, la alegría de los quince años, la música, el baile.

–¿Hay en usted espacio para la tranquilidad?

–Cargo miedo.

–¿Todo el tiempo?

–Todo.

–¿Lo atraparán, finalmente?

–En cualquier momento o nunca.

Zambada tiene sesenta años y se inició en el narco a los dieciséis. Han transcurrido cuarenta y cuatro años que le dan una gran ventaja sobre sus persecutores de hoy. Sabe esconderse, sabe huir y se tiene por muy querido entre los hombres y las mujeres donde medio vive y medio muere a salto de mata.

–Hasta hoy no ha aparecido por ahí un traidor–, expresa de pronto para sí. Lo imagino insondable.

–¿Cómo se inició en el narco?

Su respuesta me hace sonreír.

–Nomás.

–¿Nomás?

Vuelvo a preguntar:

–¿Nomás?

Vuelve a responder:

–Nomás.

Por ahí no sigue el diálogo y me atengo a mis propias ideas: el narcotráfico como un imán irresistible y despiadado que persigue el dinero, el poder, los yates, los aviones, las mujeres propias y ajenas con las residencias y los edificios, las joyas como cuentas de colores para jugar, el impulso brutal que lleve a la cúspide. En la capacidad del narcotráfico existe, ya sin horizonte y aterradora, la capacidad para triturar.

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Zambada no objeta la persecución que el gobierno emprende para capturarlo. Está en su derecho y es su deber. Sin embargo, rechaza las acciones bárbaras del Ejército.

Los soldados, dice, rompen puertas y ventanas, penetran en la intimidad de las casas, siembran y esparcen el terror. En la guerra desatada encuentran inmediata respuesta a sus acometidas. El resultado es el número de víctimas que crece incesante. Los capos están en la mira, aunque ya no son las figuras únicas de otros tiempos.

–¿Qué son entonces? –pregunto.

Responde Zambada con un ejemplo fantasioso:

–Un día decido entregarme al gobierno para que me fusile. Mi caso debe ser ejemplar, un escarmiento para todos. Me fusilan y estalla la euforia. Pero al cabo de los días vamos sabiendo que nada cambió.

–¿Nada, caído el capo?

–El problema del narco envuelve a millones. ¿Cómo dominarlos? En cuanto a los capos, encerrados, muertos o extraditados, sus reemplazos ya andan por ahí.

A juicio de Zambada, el gobierno llegó tarde a esta lucha y no hay quien pueda resolver en días problemas generados por años. Infiltrado el gobierno desde abajo, el tiempo hizo su “trabajo” en el corazón del sistema y la corrupción se arraigó en el país. Al presidente, además, lo engañan sus colaboradores. Son embusteros y le informan de avances, que no se dan, en esta guerra perdida.

–¿Por qué perdida?

–El narco está en la sociedad, arraigado como la corrupción.

–Y usted, ¿qué hace ahora?

–Yo me dedico a la agricultura y a la ganadería, pero si puedo hacer un negocio en los Estados Unidos, lo hago.

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Yo pretendía indagar acerca de la fortuna del capo y opté por valerme de la revista Forbes para introducir el tema en la conversación.

Lo vi a los ojos, disimulado un ánimo ansioso:

–¿Sabía usted que Forbes incluye al Chapo entre los grandes millonarios del mundo?

–Son tonterías.

Tenía en los labios la pregunta que seguiría, ahora superflua, pero ya no pude contenerla.

–¿Podría usted figurar en la lista de la revista?

–Ya le dije. Son tonterías.

–Es conocida su amistad con el Chapo Guzmán y no podría llamar la atención que usted lo esperara fuera de la cárcel de Puente Grande el día de la evasión. ¿Podría contarme de qué manera vivió esa historia?

–El Chapo Guzmán y yo somos amigos, compadres y nos hablamos por teléfono con frecuencia. Pero esa historia no existió. Es una mentira más que me cuelgan. Como la invención de que yo planeaba un atentado contra el presidente de la República. No se me ocurriría.

–Zulema Hernández, mujer del Chapo, me habló de la corrupción que imperaba en Puente Grande y de qué manera esa corrupción facilitó la fuga de su amante. ¿Tiene usted noticia acerca de los acontecimientos de ese día y cómo se fueron desarrollando?

–Yo sé que no hubo sangre, un solo muerto. Lo demás, lo desconozco.

Inesperada su pregunta, Zambada me sorprende:

–¿Usted se interesa por el Chapo?

–Sí, claro.

–¿Querría verlo?

–Yo lo vine a ver a usted.

–¿Le gustaría…?

–Por supuesto.

–Voy a llamarlo y a lo mejor lo ve.

La conversación llega a su fin. Zambada, de pie, camina bajo la plenitud del sol y nuevamente me sorprende:

–¿Nos tomamos una foto?

Sentí un calor interno, absolutamente explicable. La foto probaba la veracidad del encuentro con el capo.

Zambada llamó a uno de sus guardaespaldas y le pidió un sombrero. Se lo puso, blanco, finísimo.

–¿Cómo ve?

–El sombrero es tan llamativo que le resta personalidad.

–¿Entonces con la gorra?

–Me parece.

El guardaespaldas apuntó con la cámara y disparó.



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